Hace unos días se publicaron casi de manera instantánea dos imágenes de dos pueblos de la Sierra de Albarracin, concretamente Bronchales y Orihuela, donde se podían ver ciervos muy cerca o incluso dentro de los cascos urbanos de las poblaciones.
En los años que llevo trabajando y viviendo por esta sierra, que no son pocos, era una práctica habitual de cada invierno, poder tropezarte de sopetón algún zorro «gulismiando» algún contenedor de basura en alguna calle del pueblo o sorprender a algún ciervo dando cuenta de algún rosal, o jardín dentro de la población.
Y es que cuando el invierno aprieta y pasan día tras día con un monte completamente nevado, los animales aprenden que en los pueblos hay fuente de alimento permanente (caso de zorros o garduñas al amparo de contenedores o gallineros) y si hablamos de cérvidos, en busca de algo que echarse al gaznate y que no esté tapado por la nieve. Los pueblos al final, son «islas de calor» donde la nieve se va antes y deja al descubierto, brotes tiernos de los que dar buena cuenta en estas épocas de escasez en el monte.
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Y es que eso de que se te coman el rosal o los brotes de la maceta ya me ocurrió hace 20 años cuando vivía en Griegos y tras un periodo de nevadas continuadas, algún ciervo se escabullía por la noche por las calles del municipio en busca de algo que comida.
Y efectivamente es algo común en las zonas rurales de España, donde la poca población y las largas y tranquilas noches de invierno ofrecen a los animales salvajes una inusitada valentía para buscar alimento donde seguramente en otras circunstancias ni se lo plantearían.









