Una batalla ganada

Ya se sabe que la fauna es caprichosa y así nos lo hizo constar durante 4 o 5 mañanas más de madrugón sin resultado. Pero el que la sigue la consigue y tras alguna exploración del terreno, decidimos cambiar el puesto a otro lugar con bastantes señales de paso. Y así fue como la suerte cambió a nuestro favor.
Los animales tomaron el rumbo adecuado y todo y que justo antes de llegar a nuestro puesto se desviaron, pudimos contemplarlos en todo su esplendor. Me obligaron a “disparar” a pulso y en mala posición, pero aun así saqué algún retrato entre la espesura.

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También una hembra y su cría se sumaron a la visita

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En definitiva, un buen sabor de boca después de tanto madrugón. Una batalla ganada. Se acerca, pues la berrea y nos volveremos a ver, a retar, a enfrentar, pero eso sí, sin el más mínimo derramamiento de sangre.


saludos

Una batalla perdida

Seis de la mañana y suena el despertador, hay sueño, pero también ilusión. Me levanto y me asomo a la ventana: todavía es noche cerrada. Tiempo suficiente para desayunar algo y reunirnos con el resto de “expedicionarios”. Miramos el termómetro (12ºC), así que cogemos ropa de abrigo, lo más discretita posible.

Tras diez minutos en coche, aparcamos en el lugar señalado previamente y tras salir del coche comprobamos que hace fresco y que ya empieza a haber algo de claridad. Así pues nos adentramos en el bosque.

No caminamos sin rumbo, sino que conocemos bien el camino. Y tras un par de minutos andando, llegamos al puesto. Desde los puntales, ya divisamos nuestras “presas” saliendo de los trigos y encaminandose hacia la espesura del bosque. Aun no ha amanecido pero ya hay claridad suficiente.

Como si de unos niños en la guardería se tratara, se sitúan en fila india y van siguiendo los pasos del “maestro”, que suele ser el ciervo que abre manada y que dirige, advierte de peligros y está más alerta. Suele ser un ejemplar adulto, por lo que acostumbra a tener una cuerna considerable.

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Una vez que los perdemos de vista en la espesura, es hora ya de colocarnos en el puesto a esperar a que lleguen a nosotros. Es entonces cuando llega la tensa espera, en silencio y rezando para que el aire no te la juegue. La espera dura entre 20 y 45 minutos, que es el tiempo en el que disfrutamos del amanecer sobre la cima de Peñablanca y de las primeras luces entrando entre los pinos.


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Absortos en el fantástico espectáculo solar, un ruido de casquijos, nos advierte de la cercanía de los ciervos. Venían directos a nosotros, pero tal vez el aire, o tal vez una madrugadora pareja de paseantes de Griegos hacen variar el rumbo habitual de los animales hacia otros derroteros. Y aunque podemos darnos por vencidos, decidimos aguantar un poco más en espera de algún otro grupo (aunque con poca esperanza).

En este último ratito de espera me divierto siguiendo los pasos de ágiles de un Carbonerillo de rama en rama, en sus quehaceres matutinos y favorecido por la preciosa luz del amanecer


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Ya se sabe que en muchos casos la suerte es un grado y en esta mañana no la ha habido. Aun así tan solo hemos perdido una batalla, que no la guerra.

CONTINUARA…