Plovdiv (Bulgaria)

Seguimos con el viaje por Bulgaria, esta vez nos vamos a la segunda ciudad más poblada después de la capital, Sofía y que casi es de visita obligada si se visita el país. Se trata de Plovdiv, posiblemente una de las ciudades más antiguas de Europa, teniendo en consideración que su historia se remonta por encima de los 6.000 años, nos tenemos que remontar a antes incluso que los egipcios. Dicho esto, Plovdiv fue centro neurálgico de muchas civilizaciones, que la moldearon y le cambiaron el nombre unas cuantas veces. En tiempos de Alejandro Magno se llamó Philippopolis, posteriormente se independizó como capital de la Tracia con el nombre de Pulpudeva, luego vendría el periodo Romano con el nombre de Trimontim (Ciudad de las tres colinas), más tarde los eslavos la llamaron Puldin, y finalmente con la reconquista búlgara, adquirió su actual nombre. Dicho esto, nos demuestra, que historia no nos va a faltar en la visita a Plovdiv, incluso hay quien la vende como la Florencia búlgara, sobretodo por el paseo de su principal calle comercial donde las casas recuerdan vágamente a la arquitectura florentina, pero para mi Plovdiv es mucho más que esa calle principal.

La ciudad la encontramos al Sur de Bulgaria y desde la capital Sofía, tenemos como una hora y media en autobús. Existe una linea regular de autobuses que salen cada 2 horas desde la estación central de autobuses de Sofía y que te lleva en linea directa hasta Plovdiv por unas 14 Levas (7€). Pregunta en información de la estación y te dirá la taquilla donde sacar el billete. Y allí te dirán el andén. La verdad es que el alfabeto cirílico utilizado en el idioma búlgaro, unido a la poca simpatía que en general profesan los que están de cara al público en una ventanilla, hacen que a veces acciones tan sencillas, se puedan complicar un poco. Pero bueno, siempre te encuentras con gente amable que te ayudan en cualquier situación.

Una vez en el autobús y de camino a Plovdiv, te das cuenta del tráfico reinante para salir de Sofía, que nos lleva más de media hora, contrastando por otro lado con la extensa ruralidad que hay nada más salir de la gran urbe. Donde el campo, los bosques y las pequeñas aldeas, ganan protagonismo y extensión.

Una vez llegada a la destartalada Estación de autobuses de Plovdiv, retornas al ambiente búlgaro en esencia, todavía lejos de otras desarrolladas ciudades y te envuelve un ambiente de mayor pobreza, suciedad, desorganización, etc…. Intentamos dejar preparada la vuelta buscando la ventanilla donde sacaremos posteriormente el billete de vuelta, pero aquello es un caos y nuevamente pocas ganas de ayudar de la gente que te ha de vender un billete, nos cuesta unos buenos paseos y bastantes preguntas, encontrar la ventanilla. Con la faena hecha, salimos de la estación y nos vamos a buscar el centro, siempre ayudados por el Google Maps, que para estas cosas es “Dios”. Las calles con las aceras levantadas por las raíces de los árboles, parece ser una religión en Bulgaria, (no me quiero imaginar una silla de ruedas deambulando por estas calles), tropezón tras tropezón, llegamos a una zona mucho más adecentada, un precioso parque con una espectacular fuente. Casi no te puedes creer que tras estas destartaladas calles te encuentres con una parque grandisimo y cuidado al detalle, que preciosidad.

Además existe una zona Chill-out de bares justo al lado donde te llama poderosamente pararte a tomar un mojito. Nosotros como andamos de turismo y no tenemos mucho tiempo, ya que tenemos que coger el autobús de vuelta, en unas 3 horas, decidimos no parar y cruzar el parque en busca de la zona antigua.

Escondida tras la oficina de turismo, y a medio excavar y reconstruir nos encontramos con el Foro Romano. Vestigios de un antiguo foro romano que se deja fotografiar, pero que aun le falta mucha “mano” para ser adecentado a las visitas.

A partir de aquí nos metemos en la calle comercial principal, aquí sí que vemos una calle cuidada, limpia, moderna y con una arquitectura muy atractiva, eso sí, invadida por tiendas comerciales y de comida rápida, lo que la dotan de un bullicioso trajín de lugareños y turistas por partes iguales. Se oye en algún momento hablar español por ahí……somos una plaga.

Finalmente y tras un agujero en el suelo, descubrimos una excepcional reconstrucción de parte de un antiguo estadio romano, bien conservado, y aunque muy parcial, se aprecia su grandiosidad. Me gusta especialmente como lo han integrado en el ambiente moderno de la calle, cafeterías, tiendas, etc…., aquí sí que aplaudo!!

Y quieras o no, desde esta preciosa gradería, se ve la imponente Mezquita de Plovdiv, otra joyita con un precioso minarete que veremos desde casi cualquier parte de nuestro recorrido.

El entorno está muy bien recuperado, limpio, bullicioso de gente e integrado. Me va gustando Plovdid, si señor!!!

Son casi las 4 de la tarde y no hemos comido nada, y como no queremos perder tiempo, le metemos mano a un “Take away” de pizza que engullimos en minutos y a seguir la marcha. A continuación seguimos por la calle comercial principal, hasta el río Maritsa, sabiendo que la vuelta la realizaremos por el barrio que tenemos a nuestra derecha, el “casco viejo” que se torna en unas callejas de preciosa arquitectura y de imprescindible paseo por ellas.

Me encanta, me encanta, me encanta…….mucho encanto se respira por estas callejuelas, y mucho arte.

Con una escaleras que nos suben a la Iglesia de la Santa Madre de Dios, nos adentramos en otro peculiar barrio que también conviene recorrer. Pero antes hacemos parada en la iglesia. Quizás lo más bonito sean las vistas que desde la plaza observamos de buena parte de la ciudad.

Curiosamente la iglesia bonita es una cuca iglesia muy cercana a esta, y que tiene una entrada por un patio, muy coqueto y que al entrar adquiere una belleza sin igual. Como casi todas, de carácter ortodoxo, el ambiente azulado y la luz la distinguen de la mayoría de iglesias ortodoxas que hemos visto y en las que prevalece la penumbra y la tenue iluminación de las velas.

Inmersos ya en el barrio alto, aquí la arquitectura vuelve a cambiar, y las callejas, muy bien cuidadas asombran al visitante que pasea por ellas.

 


Este coqueto barrio, nos transporta al renacimiento búlgaro, con una arquitectura muy particular y colorista, que otorgan otra riqueza más de la ciudad. Y aquí cercano, se esconde la joya de la corona de Plovdiv, el Teatro Romano, construido en la época de Trajano, siglo II d.C. y con capacidad para unas 7.000 personas, es uno de los platos fuertes de la visita, exquisitamente restaurado y descubierto en la década de los 70, ha sido un hito en la restauración búlgara, y buena fe de ello es la belleza y lo bien conservado que está.

Sólo por verlo in situ, ya merece la pena el viaje. Se encuentra vallado, pero se puede visitar su interior previa entrada. Aun así, la reja que lo circunda es suficientemente cómoda como para disfrutar de él sin falta de entrar. Una maravilla, sin duda que esconde esta ciudad.

Las vistas, y los alrededores, lo complemente perfectamente.

Y disfrutada de la visita a la ciudad, nos vemos en la obligación de volver hacia la estación de autobús para no perder el bus de vuelta, así que deshacemos lo andado pasando nuevamente por el precioso parque y disfrutando ya del espectáculo de luz y color de las fuentes de agua, nos vamos de Plovdiv con una sensación de haber visitado una ciudad con mucha historia. Bien es cierto, y cabe decir, que aunque hay zonas muy bien conservadas y con afán de mostrar al turista buena parte de su riqueza histórica y arquitectónica, están todavía a muchos años de tener una auténtica ciudad turística y moderna. Tienen patrimonio para ser un auténtico bombazo, y las primeras pinceladas son de sobresaliente, pero aun les queda un largo camino.

Yo me llevo un saborazo muy dulce de esta preciosa e histórica ciudad, y quizás como toda Bulgaria sea el momento idóneo de visitar, pues aun no está masificado y mantiene la esencia búlgara en muchos rincones, tanto para bien, como para mal.

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Monasterio de Rila (Bulgaria)

En las próximas entradas intentaremos desgranar un poquito el último viaje realizado a Hungría y Bulgaria y donde destacaremos las cosas más interesantes a visitar. En primer lugar hablaremos del famoso y precioso Monasterio de Rila, posiblemente uno de los 5 enclaves más visitados de Bulgaria y declarado en 1983  Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Llegar a este Monasterio, es todo una odisea si se quiere llegar en transporte público. Pues se encuentra a 120 kms. de Sofía, la capital y el autobús te deja muy poco tiempo de visita al monasterio, al llegar sobre las 13:15 y con salida a las 15:30, eso sí, es barato, 11 levas el trayecto (menos de 6 Euros). Por lo que nosotros optamos por alquilar un coche en Sofía y hacer el viaje a nuestro antojo. (27€ el alquiler del coche), así no lo veríamos con prisas ni condicionados.

El Monasterio se encuentra al Sur de la capital, en un precioso valle que se adentra en las impresionantes Montañas Rila y que dotan al Monasterio de un entorno único. Es el Monasterio más grande e importante de Bulgaria, por lo que es visitado por turistas y propios del país. Curiosamente no hay que pagar entrada para verlo, solamente te cobran 4 Levas (2 €) por aparcar en la misma puerta, y para dentro.

La austeridad exterior contrasta, una vez llegado a la puerta con el colorista trabajo de iconos en el mismo porche de entrada. Preludio, sin duda de lo que vendrá.

Una vez entras por la puerta, voilá, ojos como platos, boca abierta y a disfrutar.

El Monasterio se fundó en el Siglo X (año 927) por Ivan Rilski, que fue un ermitaño que se retiró a estas montañas y estuvo viviendo en el hueco de un árbol en forma de ataud. Tal fue su fama, que numerosos monjes quisieron emularlo y de ahí que se construyera el monasterio para dar cobijo a tanta peregrinación. Posteriormente a su muerte y al aumento de la peregrinación hasta el lugar, el monasterio tuvo que ampliarse aun más.

Fue destruido en varias ocasiones por el Imperio Otomano en su ocupación de país, además de sufrir algún incendio parcial, pero la devoción de las gentes de Bulgaria y sus donaciones hicieron que perdurara hasta nuestros días. Algo, sin duda de agradecer, pues su belleza es única.

 

 

El marco que la envuelve le otorga aun más belleza y espiritualidad al sitio, sin duda. Nosotros además lo cogimos con los colores del otoño y las primeras nieves en las cumbres.

El centro del Monasterio lo ocupan dos edificaciones diferenciadas, por un lado la Torre Hreliova, una sencilla construcción de 23 metros de altura y construida en 1335. Pero lo que destaca sobremanera es la preciosa iglesia ortodoxa en el centro, trabajada en su totalidad al estilo renacentista típico de Bulgaria y con un sinfín de pinturas icónicas típicas de la religión ortodoxa que inundan el interior de las arcadas.

Un trabajo minucioso y colorista que te deja embobado viendo pasajes religión cristiana ortodoxa. El interior, igualmente decorado, pero mucho más oscuro y austero, no puede competir con la belleza exterior.

 

Se puede acceder a la Torre Hreliova por unas 5 levas, pero no merece mucho la pena, las vistas son pobres ya que carece de balconada visitable y desde las ventanas poco se aprecia del entorno. Aun así, como la visita al monasterio es gratuita (salvo el aparcamiento) lo pagamos gustosos.

 

En el propio monasterio se puede dormir por poco dinero, aunque no esperes lujos, ya que se trata de un lugar de peregrinación y con lujos más acorde con un monasterio que con un Hotel, pero cualquier opción es válida.

Poco más se puede decir de este lugar, una auténtica maravilla que hay que visitar si se viaja a Bulgaria, por la belleza del monasterio, el entorno y la espiritualidad que transmite.